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Peligro en la órbita baja: el espacio se satura

El último informe anual de la ESA sobre el entorno espacial confirma la aceleración de la actividad orbital: en 2025 se realizaron más de 300 lanzamientos y se incorporaron más de 4.000 nuevas cargas útiles, con el incremento de la basura espacial y el potencial peligro para la Tierra.

Aunque mejoran las prácticas de retirada de satélites y etapas de cohetes al final de su vida útil, la Agencia Espacial Europea advierte en su Annual Space Environment Report 2026 de que las medidas actuales siguen siendo insuficientes. En un escenario de continuidad de las tendencias actuales, el nivel de riesgo para la sostenibilidad de la órbita baja terrestre podría situarse dentro de un siglo hasta 50 veces por encima del umbral considerado sostenible.

El espacio próximo a la Tierra está entrando en una nueva etapa. El crecimiento de las constelaciones, el aumento de la frecuencia de lanzamiento y el uso cada vez más habitual de misiones compartidas están modificando a gran velocidad el entorno orbital y planteando nuevos retos para mantenerlo utilizable a largo plazo.

Esta es una de las principales conclusiones del Annual Space Environment Report 2026 de la Agencia Espacial Europea (ESA), que analiza la evolución del entorno espacial hasta finales de 2025. El objetivo del informe es evaluar la actividad espacial mundial, su impacto sobre las diferentes regiones orbitales y el grado de cumplimiento de las medidas internacionales destinadas a reducir la generación de basura espacial.

Más de 300 lanzamientos y 4.000 nuevos satélites

El año 2025 marcó un nuevo récord de actividad. Según la ESA, se produjeron más de 300 lanzamientos y se añadieron más de 4.000 nuevas cargas útiles al entorno espacial, al tiempo que comenzó el despliegue sistemático de varias nuevas grandes constelaciones en órbita baja terrestre, LEO.

La Agencia identifica como motores de este crecimiento el aumento de la frecuencia de lanzamiento, la miniaturización de los sistemas espaciales y la proliferación de misiones rideshare, capaces de colocar decenas e incluso centenares de satélites en una sola misión.

El resultado es una transformación profunda del tráfico espacial iniciada aproximadamente en 2015 y acelerada durante la actual etapa del New Space. La ESA subraya que no solo está aumentando el número de objetos: también está cambiando el tipo de satélite, la forma de lanzarlo y el perfil de los operadores, con un peso creciente de la actividad comercial.

En 2025 se incorporaron al entorno orbital 8.488 nuevos objetos catalogados o identificados, de los que 4.409 eran cargas útiles. La órbita baja concentró 4.772 de estas nuevas incorporaciones, confirmando que LEO continúa siendo el principal foco del crecimiento de la actividad espacial.

La congestión se concentra en determinadas altitudes

El problema no es únicamente el número total de objetos en órbita, sino su concentración en determinadas franjas.

Las constelaciones de comunicaciones producen importantes concentraciones de satélites en LEO. La ESA señala especialmente la franja situada entre 400 y 600 kilómetros, donde coinciden elevadas poblaciones de satélites activos y maniobrables y donde la coordinación del tráfico espacial se está convirtiendo en una cuestión cada vez más importante.

En otras regiones más altas de LEO, el problema es diferente. Los fragmentos pueden permanecer durante décadas o incluso siglos antes de reentrar de forma natural en la atmósfera, aumentando el riesgo acumulado de colisiones.

El índice de riesgo desarrollado por la ESA identifica además una zona especialmente crítica alrededor de los 850 kilómetros de altitud y entre 70 y 80 grados de inclinación.

Un dato resulta particularmente significativo: el 96% del riesgo calculado por este índice procede actualmente de objetos inactivos. Las etapas de cohetes representan aproximadamente el 65% del riesgo total, mientras que los satélites inactivos aportan otro 30%. Los satélites activos representan alrededor del 2% y las constelaciones el 3%.

Es decir, una parte sustancial del problema actual procede del legado acumulado durante décadas de actividad espacial.

Aumento de la basura espacial

Otro de los principales focos de preocupación son las fragmentaciones de satélites y etapas superiores.

Durante los últimos veinte años se han producido una media de 9,8 fragmentaciones no deliberadas por año. Cuando se consideran únicamente aquellos sucesos cuyos fragmentos presentan vidas orbitales suficientemente largas como para tener un impacto relevante sobre el entorno, la cifra se reduce a 1,5 casos anuales.

La ESA destaca además que actualmente las fragmentaciones distintas de las colisiones constituyen la principal fuente de generación de nuevos desechos espaciales. Problemas relacionados con sistemas de propulsión, fallos eléctricos o anomalías de vehículos siguen provocando rupturas muchos años después del lanzamiento.

2025 fue, no obstante, relativamente favorable en este apartado. El informe registra tres eventos de fragmentación, frente al fuerte incremento de 2024, cuando se incorporaron más de 3.000 fragmentos catalogados, principalmente asociados a rupturas relacionadas con sistemas de propulsión.

Mejoran las retiradas, pero todavía no son suficientes

Uno de los aspectos positivos del informe es la mejora progresiva de las operaciones de fin de vida.

La normativa internacional del IADC ha utilizado tradicionalmente como referencia que los satélites y etapas que finalizan sus operaciones en la región protegida de LEO abandonen esa órbita en un máximo de 25 años.

La ESA ha ido más lejos. Su nuevo estándar de mitigación, asociado a la estrategia Zero Debris, reduce para sus proyectos ese plazo máximo a cinco años, además de establecer límites sobre el riesgo acumulado de colisión durante el proceso de retirada.

Los resultados son dispares.

Entre los satélites de menos de 1.000 kilogramos que han terminado su misión desde 2020, entre el 88% y el 99% se encuentra ya en órbitas que cumplen de forma natural la regla de los 25 años. En buena medida este resultado está asociado al diseño orbital de las grandes constelaciones.

Sin embargo, en satélites de más de 1.000 kilogramos la proporción se reduce al 54%.

También se observa una mejora importante en los lanzadores. La utilización de reentradas controladas para eliminar etapas de cohetes ha pasado aproximadamente del 10% a más del 65% durante la última década, y en 2025 las reentradas controladas volvieron a superar a las no controladas.

Pero la ESA considera insuficiente el ritmo de mejora. Para los objetos que no se encuentran ya de forma natural en órbitas compatibles con el límite de 25 años, solo entre el 5% y el 50% de los satélites consiguen completar con éxito la maniobra necesaria. Aplicando la nueva referencia de cinco años, el porcentaje de éxito se sitúa entre el 5% y el 35%.

1.200 objetos intactos reentraron en 2025

El incremento de los lanzamientos y las políticas de retirada están produciendo otra consecuencia: el rápido aumento de las reentradas atmosféricas.

La ESA contabiliza 1.200 objetos intactos que reentraron en la atmósfera durante 2025.

Aunque la mayoría de los vehículos que realizan reentradas no controladas se fragmentan y gran parte de sus componentes se destruyen en la atmósfera, algunos fragmentos pueden alcanzar la superficie terrestre.

El informe incorpora por primera vez un análisis específico de este riesgo. Para cualquier persona individual, la probabilidad continúa siendo extremadamente baja, pero la ESA advierte de que el riesgo agregado aumentará si continúa creciendo el número de reentradas y no se generalizan diseños concebidos para destruirse de forma segura durante el descenso atmosférico.

El problema continuaría incluso si dejásemos de lanzar

Probablemente la conclusión más relevante del informe es que la basura espacial ha alcanzado un punto en el que detener los lanzamientos no sería suficiente para estabilizar el entorno orbital.

Las simulaciones realizadas por la ESA muestran que, incluso en un hipotético escenario sin nuevos lanzamientos, las colisiones entre los objetos actualmente presentes en LEO generarían nuevos fragmentos y provocarían un incremento progresivo de la población de basura espacial.

Es precisamente el mecanismo asociado al conocido como síndrome de Kessler: cada colisión produce nuevos fragmentos que, a su vez, aumentan la probabilidad de nuevas colisiones.

La expansión de las grandes constelaciones añade una nueva dimensión al problema. Según la ESA, el comportamiento de una única constelación de gran tamaño —especialmente sus tasas de retirada y cumplimiento de las normas de fin de vida— puede afectar de manera apreciable a la estabilidad futura del conjunto del entorno orbital.

Para evaluar esta evolución, la ESA utiliza un índice que combina la probabilidad de que un objeto sufra una colisión catastrófica con las consecuencias que la nube de fragmentos generada tendría sobre otros vehículos.

El resultado de la última simulación es especialmente significativo.

Si se extrapolan durante cien años las actuales tendencias de tráfico espacial, despliegue de constelaciones, fragmentaciones y retirada de vehículos, el índice de riesgo resultante podría alcanzar un valor unas 50 veces superior al umbral de referencia establecido por la ESA como primer objetivo para un entorno orbital sostenible.

La cifra debe interpretarse con cautela. No se trata de una predicción determinista. La propia Agencia reconoce que el resultado depende de hipótesis sobre el despliegue futuro de constelaciones, sus prácticas operativas y sus estrategias de retirada, datos que todavía presentan una elevada incertidumbre.

Además, en esta edición se han refinado los modelos utilizados para proyectar la evolución del entorno durante cien años, incorporando, entre otros cambios, un nuevo modelo de previsión de explosiones.

Por ello, el escenario puede mejorar significativamente si aumentan los niveles de cumplimiento o deteriorarse aún más si el crecimiento orbital supera las previsiones actuales.

La sostenibilidad se convierte en una infraestructura del New Space

El informe de la ESA refleja, en definitiva, una aparente paradoja. Las prácticas de mitigación están mejorando al mismo tiempo que aumenta el riesgo global.El motivo es la escala. El crecimiento del número de satélites es tan rápido que las mejoras individuales en diseño, reentrada y retirada no compensan todavía el incremento del tráfico y la acumulación histórica de objetos.

La conclusión de la Agencia es clara: los actuales niveles globales de cumplimiento de las normas de mitigación no son suficientes para garantizar la sostenibilidad orbital a largo plazo. La retirada tras el fin de la misión deberá acercarse en el futuro a tasas próximas al 100%, especialmente si continúa el despliegue de grandes constelaciones.

Para la nueva economía espacial, el mensaje es especialmente relevante. La sostenibilidad orbital deja de ser únicamente una cuestión medioambiental para convertirse en un requisito operativo del propio crecimiento del sector: vigilancia espacial, coordinación del tráfico, satélites maniobrables, diseño para el fin de vida y cumplimiento de las reglas de retirada serán elementos cada vez más inseparables del desarrollo del New Space.

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